jueves, 20 de febrero de 2014

Artículo:


Adopción de niños mayores. especificidad de las funciones parentales. 

Graciela Lipski *

Diagnosis, nº10, 2013

Resumen
Al hablar de adopción de niños mayores me refiero a quienes han perdido prematuramente lo que debería acompañar a un niño: familia, vínculos de protección, confiables y estables que le otorguen amparo para crecer y un lugar de valor para otro sin contar frente a dicha ausencia con un sustituto adecuado. El desamparo y sufrimiento vividos promueven un desajuste muy significativo entre edad cronológica y emocional. Estas experiencias reiteradas de privación afectiva primaria suelen generar dificultad y a veces imposibilidad de armar lazo con un otro que sea reconocido como confiable y que permita mitigar el sufrimiento.
Criar un niño grande que encubre a un niño detenido en lo emocional en etapas muy primarias es uno de los grandes obstáculos y desafíos para los padres. Se requiere de cualidades específicas y funciones parentales ampliadas: redes familiares, equipos profesionales, instituciones sociales y educativas que amparen y cobijen al niño y acompañen a los adultos en la sobrecarga que implica la crianza. Cuidar a los que cuidan para que puedan cuidar.

Palabras Clave
Adopción, Niño mayor, Privación temprana, Daño psíquico, Conductas antisociales, Funciones parentales ampliadas, Reparación.


Introducción
Innumerables autores teorizan acerca de la complejidad del ejercicio de las funciones parentales y su protagonismo fundante de la subjetividad (Winnicott 1956, Stern 1977,Spitz 1946).

En la adopción de niños grandes los efectos de la privación temprana colocan a padres y terapeutas frente a retos y desafíos de gran magnitud emocional.

Winnicott (1956) ha realizado aportes valiosísimos para comprender el daño que estos niños experimentan y cuáles son las funciones necesarias de cumplir para reparar en lo posible lo no habido, “no olvido mi experiencia clínica que afirma la relación entre no ser querido al comienzo de la vida y la tendencia antisocial” (op:cit). Estas afirmaciones hechas por Winnicott a mediados del siglo pasado siguen teniendo absoluta vigencia en nuestra clínica cotidiana.

Es en el terreno de la adopción donde muy claramente las funciones parentales se autonomizan de lo biológico y evidencian el valor de la función psicológica.

Allí se visibiliza inequívocamente que no todo adulto puede, quiere o posee los recursos emocionales para afiliar.

La crianza de un niño es muy compleja, plantea a los padres exigencias emocionales que requieren contar con importantes recursos yoicos.

¿De qué depende poder ejercer dicha función estructurante? Desde mi experiencia responde a una multicausalidad que incluye la historia infantil, la experiencia positiva como hijo, la identificación con modelos parentales empáticos y sostenedores, los recursos desplegados por la familia frente a las dificultades, las posibilidades elaborativas de lo traumático vivido, las redes de sostén y la cultura epocal que promueve modos de ejercer o declinar dichas funciones. Podríamos decir que padres se hacen, no se nacen.

La adopción
Toda adopción es consecuencia de un desprendimiento, implica un corte y separación. Aun en las adopciones más tempranas hay una pérdida a elaborar para la gestante y el niño.

Es muy habitual que en estas situaciones la gestación transcurra con un alto nivel de ambivalencia, estrés y falta de cuidados adecuados. Al desprendimiento del útero materno se agrega el pasaje del niño a otro u otros desconocidos o un tiempo de convivencia con la familia de origen.

Innumerables autores sostienen (Winnicott, 1958; Bowlby, 1951), y desde nuestra práctica coincidimos, en el papel fundante e imprescindible de la madre como sostén y proveedora de psiquismo, el lugar de la intersubjetividad y lo devastador de su ausencia.

Es innegable en la clínica el peso de dicha función en la constitución psíquica infantil (Bowlby 1969).

Función materna, dado que acorde a cambios epocales y revisiones teóricas, el lugar de la madre hoy es también ocupado por sustitutos o figuras que cumplen dicha función princeps independientemente del sexo biológico.

En la adopción, las primeras experiencias suelen estar impregnadas de carencias emocionales, ya sea con la familia de origen o en pequeñas instituciones.

Quisiera aclarar que la mención de estas fallas ambientales y vinculares primarias no tienen como objeto culpabilizar a los progenitores dado que desde otro lugar diferente al del niño suelen ser y haber sido víctimas de fallas ambientales, vinculares y sociales muy significativas.

Cuando estos factores confluyen se dificulta seriamente la posibilidad de ejercer dichas funciones. Hablo de sujetos frágiles y vulnerables con escasos recursos psíquicos y materiales para paternar y maternar sumados a la falta de redes para sostenerse.

Diferenciaría los adultos que se desprenden delegando la crianza de un niño de modo responsable de aquellos que lo vulneran con maltrato físico y /o psicológico, abriendo ambas situaciones diferentes alternativas y posibilidades elaborativas para el niño.

Es en la adopción de niños mayores dónde el déficit primario de las funciones parentales evidencian claramente el daño que su ausencia o violencia produce y las dificultades psíquicas posteriores para el apego y la vincularidad, área ésta que queda profundamente comprometida.

Hay ciertas constantes que, con matices, suelen observarse en la problemática que presenta la adopción de niños mayores y en lo arduo del ejercicio de las funciones parentales.

La adopción de niños mayores
Para abordar la especificidad de lo parental en las filiaciones de niños mayores se hace necesario precisar ¿por qué llamarlos niños mayores? ¿La categoría niño no es justamente por definición alejada de la de mayor? (Lipski 2007).

No hay una edad cronológica precisa que pueda establecerse, es una categoría de infancia que depende de la magnitud y reiteración de traumatismos y fallas ambientales y emocionales que han lesionado la constitución psíquica. Es referirse por un lado a una variable temporal, la edad cronológica, y por otra parte a experiencias de vida no acordes a dicha edad por la falta de recursos para enfrentarlas. Desde el abandono y sufrimiento vividos y la incertidumbre sobre sus vínculos futuros podemos comprender las marcas psíquicas y corporales evidenciadas en el desajuste muy significativo que presentan entre edad cronológica y emocional.

Comprender este desfasaje es central en la tarea de crianza. Es uno de los grandes obstáculos y desafíos para los padres, lidiar con un niño grande que encubre a un niño detenido en lo emocional en etapas muy primarias.
En este trabajo voy a referirme a aquellas situaciones clínicas recurrentes en estas adopciones que difieren cualitativamente de las adopciones de niños recién nacidos o muy pequeños.

La diferencia del proceso es sustancial para los adoptantes y para el niño.

Son procesos que convocan a los incipientes padres a ser proveedores de un holding ilimitado frente a niños que manifiestan enojo y resentimiento por desconfianza hacia los adultos ubicados en lugares parentales que históricamente han ocupado sujetos amenazantes.

Se rompen los paradigmas clásicos de lo que entendemos por hijo, padres y familia. Es un niño que comienza a ser hijo luego de transcurrir varios años sin ese anclaje identitario y adultos que comienzan a ser padres con un niño o púber ya habitado por otros, con historia, modelos e ideales muy alejados de los propios.

¿Podemos pensar a los adultos encargados de las funciones parentales de estos niños con patrones acordes a filiaciones que se inician tempranamente o allí residen parte de las desilusiones, fracasos y devoluciones?

Es fundamental comprender y transmitir esta diferencia. Solemos encontrarnos con creencias erróneas acerca de la disposición positiva del niño a encontrar padres, suponer más fácil su crianza por ser ya un niño de cierta edad y que el amor sólo logrará revertir las dificultades esperables (Bleichmar , 2007).

Son niños que han sido objeto de vínculos ligados al abandono, maltrato, desprotección y violencia en una edad en la cual no hay defensas adecuadas para enfrentarlas.

Han sido víctimas de funciones parentales disfuncionales, carecieron de familia con vínculos de protección confiables y estables para ser amparados y la interrupción de dichos vínculos suele depender del familiar, de la denuncia de otro adulto o de la intervención judicial. Muchos de estos niños han vivido con la familia biológica, otros en hogares o instituciones y por mejores figuras cuidadoras que un niño haya tenido no reemplazan al cuidado íntimo, próximo, individualizado que todo niño necesita y sería deseable que lo encuentre en su entorno familiar.

En algunas circunstancias han sido “devueltos” por personas que no han logrado afiliarlos. Han padecido violencia familiar y extrafamiliar.

Nos encontramos con vulnerabilidad y fragilidad propia de un niño pequeño, enmascarada frecuentemente de autosuficiencia, pseudoautonomía y sobreadaptación que han posibilitado la supervivencia bajo un falso self.

Son niños y adolescentes que se presentan con conductas que nos remiten a los sobrevivientes de catástrofes. Entre el temor y la esperanza, el deseo y rechazo, y la dificultad de confiar en un vínculo con un adulto diferente a los ya vivenciados.

Las experiencias padecidas los interrogan ¿Por qué no me quieren? pregunta que refleja la devaluación narcisista, la inseguridad, alerta y desconfianza hacia los adultos. El silencio y la imposibilidad de recordar suele ser una defensa frente al temor a verse culpabilizado por lo vivido y escuchar una frase ya oída “te lo buscaste” y nuevamente no contar con un adulto capaz de contener y acompañar el dolor. Erróneamente los padres suelen suponer que al no hablar sobre el pasado es porque está inactivo y olvidado (Gelman, 2010).

Los primeros contactos basados en lo autoconservativo no han sido aptos para satisfacer la necesidad ni para imprimir allí huellas que vayan armando experiencias de placer (Janin, 2010).

¿Cómo incorporar autocuidados, cuidado al semejante, espera frente a la necesidad si no hay marca de satisfacción posible? Impaciencia, frustración y agresividad se retroalimentan. ¿Cómo quererse sin haber sido investido libidinalmente? ¿Cómo querer a otro sin haber sido querido?

Los niños grandes nos revelan que la bondad y la confianza se hallan en default.
La bondad deriva de haber internalizado objetos y vínculos amparadores y de allí frente al daño se puede vivenciar culpa y deseo de reparar.

Si el sujeto se constituye en la intersubjetividad y el adulto es proveedor de psiquismo ¿cómo operan las identificaciones con figuras violentas y ligadas al narcisismo de muerte?

Las pulsiones de vida se ven debilitadas, las pulsiones de muerte incrementadas.

¿Cuáles son los caminos posibles que toma el niño para sobrevivir no solo al desamparo sino también a la violencia?

Muchos de estos niños actúan como si el dolor no los conmoviese y manifiestan anestesia emocional ¿o es que el umbral para soportar el sufrimiento es muy alto? Los límites y penitencias frente a transgresiones en intentos de impartir normas parecen no tener efecto y observamos cierta búsqueda y placer en el castigo.

¿Se trata de compulsión a la repetición? ¿De identificaciones? ¿De maltratar a otros haciendo activo lo pasivo? ¿Maltratar o ser maltratados como anclados en representaciones pobres y binarias de lo intersubjetivo? la preocupación por el otro y el sí mismo no se ha incorporado.

¿El sentimiento de disvalor y autorresponsabilidad por lo vivido lo lleva a buscar castigo? ¿Carece en su repertorio identificatorio de vínculos internos que puedan generar esperanza en el encuentro amoroso con otros?

Una referencia teórica y clínica vigente, para comprender estas experiencias y sus efectos psíquicos  son los escritos de Winnicott (1954) quien ha realizado aportes sustanciales para abordar las conductas antisociales vinculándolas al deseo de recuperar o robar violentamente de la sociedad lo que ésta le ha quitado y el sentido de dichas conductas como grito esperanzado en busca de ayuda que reclama ciertas potencialidades de las funciones parentales.

La paradoja que se plantea en la adopción de niños mayores
Adoptar un niño grande no suele ser la opción deseada sino la posible. Paradójicamente en su mayoría se otorgan niños grandes a personas y parejas con menos alternativas de elección y no siempre evaluando los recursos psíquicos necesarios para crianzas más complejas.

Esto implica mayor dificultad para la afiliación con mayor propensión a la frustración, desilusión y desinvestimiento, que agrava el traumatismo de los niños que ya han sido violentados con el rechazo. Las fantasías de devolver al niño son muy habituales frente al sobre esfuerzo y el tiempo transcurrido con escasos o insuficientes logros.

Para ejercer estas funciones parentales se requieren adultos con posibilidad de empatía, poder ponerse en el lugar del otro, saber del desamparo, ser resilientes a situaciones adversas y sumamente plásticos para adecuar las expectativas al desfasaje entre la edad cronológica y los recursos emocionales.

El lugar del terapeuta en la adopción de niños mayores
La tarea psicoeducativa previa es fundamental para promover autoselecciones basadas en las reales posibilidades, recursos y límites de cada sujeto y posteriormente es imprescindible el acompañamiento terapéutico para los niños, abordajes vinculares y la orientación a los padres para favorecer la comprensión, fortalecer la función e investir el vínculo a pesar de la complejidad inevitable naturalizando, comprendiendo y acompañando los momentos de desilusión y agobio. El sostén y la empatía con los padres es imprescindible.

Es aquí donde además de un terapeuta winnicottiano estos niños necesitan padres amparadores capaces de comprender su daño y sufrimiento, acompañar narcisizándolos a pesar de las frustraciones afectivas de las que son objeto por parte del niño. La figura de un terapeuta y adultos suficientemente buenos y resistentes a la destructividad continuando allí amorosamente y devolviéndole al niño confianza en su posibilidad de ser querido.

Los adultos que se postulan para estas adopciones necesitan contar con gran capacidad empática y reparatoria, fortaleza yoica, tolerancia a la frustración, baja dependencia a la aprobación social, dado que son convocados a disponer de enorme plasticidad para albergar e investir una trama familiar compleja y esforzada sin autorreferenciar la hostilidad que el niño les destina a pesar de los cuidados que le proporcionan.

Es necesario descentrarse y no autorreferir las conductas del niño, comprendiendo que gran parte de las mismas responden a reacciones acordes al pasado vivido, donde las privaciones tempranas producidas por las carencias parentales hacen de destinatarios del enojo a los adultos en ejercicio de esa función.

Fundamentalmente deben ser capaces de brindar un ambiente seguro, estable y de permanencia desactivando las creencias negativas que tiene el niño sobre sí mismo, los otros y su futuro ”no soy querible, nadie me va a querer“.

Son padres convocados a perdonar y fomentar la reparación frente a la hostilidad.

Proporcionar rutinas previsibles y repetidas, ser lo “suficientemente buenos“ para sostener una dependencia prolongada desajustada a la edad cronológica (Rygaard, 2008 ).
Se requieren sujetos resilientes que hayan atravesado situaciones traumáticas y contaron con recursos propios y externos para atravesarlas y superarlas (Baroudy, 2006).

¿Cuáles son las problemáticas de los niños por las que los padres nos consultan y piden ayuda?
- Angustia, miedo y rechazo. Demanda y voracidad.

- Conductas desafiantes o extremadamente dóciles y de sobreadaptación para ser querido y aceptado. Desconfianza, temor y certeza de ruptura vincular.

- Falta de habilidades sociales para intercambiar con pares.

- Dificultades cognitivas no solo por carencias emocionales sino de estímulos.

- Dificultad para controlar los impulsos: hostilidad y enojo.

- Alteraciones del sueño, pesadillas, regresiones evolutivas (pedido de mamadera, chupeteo, voracidad, enuresis, falta de apetito) como posible intento de ser maternado de modo primario.

La sobreadaptación, el resentimiento, las conductas antisociales y rígidas defensas para no derrumbarse frente a estos sucesivos e intensos traumatismos dificultan y a veces imposibilitan armar lazo con un otro que sea reconocido como confiable y que permita mitigar el sufrimiento.

Nuestra primera tarea también implica desplegar funciones parentales muy primarias proporcionando durante un lapso muy extenso el holding necesario para alojar afectivamente el dolor y luego poder poner palabras a lo traumático vivido.

El niño en forma espontánea construye teorías que den sentido y expliquen: ¿por qué me sucedió? como necesidad de comprender lo acontecido para estar así alerta frente a otras situaciones similares y poder desde su fantasía evitarlas y/o controlarlas. Es necesario guiarlo para que estos sentidos no sean de autorresponsabilidad, desvalorización y culpabilización por lo que le ha tocado vivir, sino referirlo a la incapacidad de esos adultos para ejercer las funciones parentales y cuidar adecuadamente a un niño.

Podemos encontrarnos con una idealización de las figuras abandonantes justificando en causas externas la imposibilidad y guardando un lugar falsamente narcisizado para sí, defensa frente al temor a derrumbarse por la devaluación narcisista frente al rechazo vivido y la culpa de ser responsable de dicho rechazo.

Somos requeridos a una co-construcción de una biografía portadora de sentido, y comprender empáticamente el sufrimiento que el revivir y recordar produce.

Es un intento de historizar y a su vez discriminar el ayer de las posibilidades del hoy, no solo en palabras sino en el despliegue de afectos que testimonian la existencia de adultos protectores capaces de valorizar y cuidar.

¿Qué funciones parentales requieren estos niños?
En función de lo expuesto considero que las funciones parentales que requieren desplegarse exceden las posibilidades emocionales de los adultos dispuestos a afiliar.

Se requiere de funciones parentales ampliadas con la sumatoria de otros adultos dispuestos a proveer un ambiente facilitador, estable y seguro. Lo familiar y lo extrafamiliar. La provisión ambiental solo desde las funciones parentales es insuficiente, necesitamos familia ampliada, profesionales, instituciones sociales y educativas que amparen y cobijen al niño y acompañen a los adultos en la sobrecarga que implica la crianza. Cuidar a los que cuidan para que puedan cuidar.

Es también una responsabilidad social amparar a los niños vulnerados y hoy son pocas, casi inexistentes las instituciones sociales, recreativas y educativas que ofrecen esta posibilidad con lo cual se dificulta la socialización y se retraumatiza al niño con experiencias de exclusión.


Comentarios
Considero que parte del fracaso de estas adopciones reside en el monto de daño padecido, la escasa preparación de los postulantes, la falta de conocimiento de lo que implica paternar y maternar a un niño mayor y en la carencia de redes y recursos sociales para estas situaciones más complejas.

La protección de estos niños a través de la figura de la adopción tardía es insuficiente ya que opera sobre el daño y es necesario implementar políticas en salud para trabajar con sectores vulnerables evitando el abandono, el maltrato y la institucionalización cuando es posible y de lo contrario acortar dichos plazos. Son niños vulnerables y vulnerados que han sobrevivido a situaciones emocionales límite pagando un alto costo psíquico.

Sumando redes profesionales, institucionales y fortaleciendo a los padres podemos albergar esperanzas de resiliencia sorteando innumerables decepciones y dificultades con la esperanza de devolverles algo de lo que injustamente fueron privados.


Buenos Aires, junio 2013

Licenciada en Psicología UBA. Co-autora del libro “Adoptar hoy”. Editorial Paidós 1994. Giberti E.; De Renzi C.; Blumberg S. ; Gelman B ; Lipski G. “La necesariedad de la interdisciplina”, publicado en “El poder, el no poder y la Adopción”. Editorial Lugar (1996). Comp. Giberti E., Grassi A.“Familias uniparentales “, publicado en “Las Éticas y la Adopción” Editorial Sudamericana 1997. Comp. Giberti E., Grassi A. Colaboradora del libro “Adopción para padres”. Edtorial Lumen 2001. Giberti E. y Colaboradores. Directora de la Revista “Familia y Adopción” primera publicación especializada en adopción en nuestro país (2000 en adelante). “Protegiendo a los que protegen” Propuestas para la nueva ley de adopción. Editorial Lexus Nessis 2005. Directora Fundación Adoptare, Centro de Orientación y Consulta en Adopción. Terapeuta de familia, pareja y adultos Fundación Prosam.

Bibliografía
Barudy Jorge, Marquebreucq, Anne-Pascale. (2006) Hijas e hijos de madres resilientes. Editorial Gedisa. Barcelona.

Bleichmar Silvia. (2007) “Las marcas de la historia” en Revista “Familia y adopción  Nº 3. Buenos Aires.

Bowlby John. (1989) Una base segura. Aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Editorial Paidos. Buenos Aires.

Gelman Beatri. Z (2010) Niños mayores. Trabajo presentado en Congreso APSA. Buenos Aires.

Janin Beatriz. (2011) “Adopciones tardías”. Trabajo presentado en Jornadas sobre Adopción en APA. Buenos Aires.

Lipski Graciela. (2007) “Niños mayores” en Revista “Familia y adopción” Nº 3. Buenos Aires.

Rygaard Niels Peter. (2008) El niño abandonado. Editorial Gedisa Stern, D. (1997)La constelación maternal. Editorial Paidos. Barcelona.

Winnicott Donald W. (1991) Deprivación y delincuencia. Editorial Paidos. Buenos Aires.

Winnicott Donald W. (1993) Los procesos de maduración y el ambiente facilitador.” Estudios para una teoría del desarrollo emocional.“ Editorial Paidos. Buenos aires.

Winnicott donald w. (1986) El hogar, nuestro punto de partida. Editorial Paidos. Buenos Aires.