martes, 28 de enero de 2014

Artículo:

La quiebra fraudulenta de los hijos adoptados

Eva Giberti


Si no fuera ridículo decir que estos adoptivos ensayan una mirada “capitalista” sobre la figura de la madre de origen autorizándola a cambiar de compañeros por ser pobre, sería malvado. Y no lo es, simplemente, “es la economía, estúpido”, es la perspectiva de quienes no tuvieron que preocuparse por su sobrevida, ya que fueron adoptados por quienes los amaron y dispusieron de bienes para educarlos.

Es la palabra nueva, la expresión directa que no se estruja antes de pronunciarla: “Mi mamá de origen vaya a saber cómo vivió, y con quiénes, después de que me dio en adopción”.

En los 50 años que llevo escuchando adoptivos, adoptantes, niños y adultos, esta expresión recién la escuchaba cuando hablaba con una o un adulto, nunca en boca de un adolescente, que quizá lo pensaba. Pero ahora la inaugura, la crea y la organiza con el lenguaje que amontona y estructura el inconsciente para atravesar los puentes que la posición económica como adoptivo le autoriza, cuando quiere hablar de su origen.

¿Pero no será porque a esas edades el pensamiento, los procesos cognitivos se compaginan de otro modo, aparecen otras lucideces que no tienen que ver con la economía, con la perspectiva capitalista? El capitalismo no es una mala palabra como sabemos.

Y si un adolescente adoptivo muy pobre empuña la frase, la dice desde otro lugar, el que no es insignia de una diferencia con ella. En todo caso, es un “otro semejante” de aquella madre de origen porque conoce ese origen que el otro adoptivo nunca vivió porque no fue necesario.

Los adoptivos con los que habitualmente tratamos gestionaron sus vidas en un horizonte en que se valorizaba el rendimiento y el éxito como continuidades del proceso de adopción, proceso razonable por cierto. Lo que les sucede es que ahora registran su identidad en el borde de lo que cuentan los libros técnicos: siendo un hijo que alguien debió ceder para que otros lo acompañasen, la madre de origen quedó en situación de quien debe rehacerse después de una quiebra y claudicación por lo menos de un capital: ese hijo ahora adoptivo. Debe encontrar otros socios para que otro árbol de la vida la cobije, ya que sólo aprendió a parir hijos en la pobreza extrema que América latina no logra resolver. Este segundo punto no es el que tienen in mente estos hijos adoptivos, pero sí reconocer la necesidad de sobrevida de esta mujer, lo cual le impide al adoptado denigrarla porque “debe haber habido otros hombres después que me dio”.

Estos adoptivos, zarpados en el lenguaje de la connivencia habitual con nosotros, sintonizan con una sorprendente misericordia administrativa y verbal el relevo de los sucesivos compañeros de sus madres de origen porque la máquina capitalista les ofrece una alternativa para comprender sin juzgar ni sentirse avergonzados por “los hombres en la vida de mi madre. En todo caso, cretino el que la abandonó cuando se embarazó de mí”.


Alguna vez, hace años, me dijeron: “Si lo llegara a encontrar, le rompería el alma a patadas”. Tengo que esperar que esa frase aparezca en alguna consulta. Pero temo que el alma no cotice como para pretender rompérsela al sujeto que se fugó generando una quiebra fraudulenta.

Fuente: Página 12, 09/01/14 *