viernes, 12 de julio de 2013

A considerar:

La familia adoptiva: influencia de los duelos en la formación de vínculos

V. Mirabent, I. Aramburu, M. Davins Y  C. Pérez Testor*

En Revue Internationale de Psychanalyse du Couple et de la Familla, nº 5,  2009/1; Monográfico “Adopciones y filiaciones”

Dirección de Contacto : Vinyet Mirabent, Fundació Vidal i Barraquer
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Introducción
La adopción es un procedimiento muy complejo, no sólo debido a los trámites legislativos y administrativos que conlleva, sino también por los complejos procesos psicológicos que se encuentran presentes en ella, tanto en los futuros padres adoptivos como en el niño adoptado (Moliner y Gil, 2002). La adopción, desde una perspectiva psicológica, es fundamentalmente un proceso de separación y revinculación a unas nuevas figuras de apego.
Dependerá de la capacidad del niño de superar la experiencia de la separación y vincularse a unos nuevos padres y de la capacidad de los padres de vincularse a un niño (Juffer y Rosembom, 1997). El éxito del proceso de adaptación viene en gran parte determinado por la capacidad de los padres y el niño para superar los distintos duelos a los que se enfrentan.
Desde una perspectiva freudiana, el duelo normal conduce a la retirada de la libido del objeto perdido y su desplazamiento a uno nuevo, permitiendo así que el “yo” vaya desligándose del objeto ausente (Freud, 1917). En “Inhibición, síntoma y angustia” Freíd (1926) explica que la realidad exige al sujeto separarse del objeto porque ya no existe, sin embargo, Bowlby entiende que dentro del marco de un proceso de duelo normal, puede mantenerse un lazo de apego con el ser fallecido. Éste es un apego interior que puede indicar un curso positivo del duelo, ayuda al deudo en la reorganización. Para Bolwby (1980) el duelo es un proceso complejo y cambiante. Durante el proceso la persona oscila entre creer en la realidad de la muerte con el dolor que ello conlleva, y por otro lado, sentir una cierta incredulidad hacia lo sucedido que conlleva a incrementar su esperanza, búsqueda y deseo de recuperar a la figura perdida. El anhelo de reencuentro puede permanecer largo tiempo en forma silenciosa y encubierta. Pensar reiteradamente en el muerto puede provenir de un intento de mantener el vínculo con esa persona. De ahí podría explicarse el frecuente temor al olvido, a que los recuerdos se desdibujen y con ellos, a perder al ser amado.
El proceso de duelo en los adultos dependerá de varios factores: intensidad, duración y calidad de la relación entre la persona y lo perdido, la calidad y destino de las relaciones de apego que el sujeto ha tenido en su vida temprana, los mecanismos de defensa que utilice normalmente esa persona en situaciones de pérdida y privación y, por último, de la existencia o no de apoyo social que rodea a la persona (Marrone, 2001).
La finalidad de toda adopción es convertir en hijo a un menor no nacido en el seno de la familia, con lo que se va a poner en marcha un proceso de filiación; la parentalidad adoptiva se basa en el deseo y la vinculación afectiva (Levy Soussan, 2001).


Dos aspectos influyen en el proceso:
1. El vínculo siempre incluye a tres: los padres, el hijo y “los otros”, los que le procrearon. Este hecho va a marcar la diferencia de la familia adoptiva respecto la biológica. El cómo los padres vivan a los “otros” va a condicionar la relación con el hijo y el vínculo.

2. Es necesario que se puedan llevar a cabo los sentimientos de reconocimiento mutuo, identificación y pertenencia. El reconocimiento del niño como hijo, a fuerza de identificarse con él, puede a su vez propiciar que éste les conozca y reconozca como padres. Proceso en el que simultáneamente éstos reconocen a sus propios padres cuidándoles y al hijo que fueron, creándose una corriente generacional que fortalece el sentido de pertenencia del adoptado a la familia, fortalece el sentimiento de “es mi hijo”. Si estos procesos de reconocimiento e identificación no funcionan van a ir sintiendo al niño como a un extraño en casa y el hijo no será portador del narcisismo parental necesario para la continuidad, lo que en el futuro le va a convertir en una amenaza familiar (Levy Soussan, 2001). Grinberg (2006) menciona que el niño adoptado sufre dificultades específicas, sobre todo, en el sentido de pertenencia a la familia, el niño adoptado tiene un agujero en su identidad –a qué grupo pertenece, quienes son su referencia- en consonancia con los agujeros de su memoria y que los padres tendrán que llenar.

Que este proceso ocurra va a depender de la calidad de los vínculos entre padres e hijos, de las expectativas, sentimientos y emociones que se hayan creado entre ellos. Ciertas características creencias, temores y comportamientos de los padres adoptivos pueden dificultar la adaptación mutua entre el menor y la familia. Algunas de estas dificultades se pueden detectar durante el proceso de selección de la familia adoptiva; otras, en cambio, se pondrán de manifiesto a lo largo del proceso de adaptación, cuando la adopción ya ha tenido lugar (Fuentes y Fernández, 2001).
En este contexto son los adultos los que deben disponer de todas sus capacidades emocionales para ejercer sus funciones como padres. La calidad del vínculo va a depender en gran parte de ellos, los adultos. Y de ello va a depender, también, el sentimiento de identidad del hijo. Por ello vamos a centrarnos básicamente en las condiciones emocionales de los padres, en la cualidad del deseo y motivación, ambos vinculados a la mayor o menor elaboración de duelos, que a menudo subyacen a la decisión de adoptar, y sus consecuencias en la relación con el hijo. Antes, mencionaremos la realidad del niño en adopción y sus propios duelos, ya que ese es el menor que van a adoptar.

1. Duelos que subyacen en la fomación y el funcionamiento de la familia adoptiva
La familia adoptiva se crea a partir de dos necesidades, la de un niño y la de unos padres, que surgen después de haber pasado por situaciones dolorosas que han implicado unos duelos, tanto en el niño como en los padres.

1.1 El niño.
Cuando llega a la familia, como dice Giberti (1994), el niño ha tenido experiencias y vivencias anteriores que forman parte de sí mismo, de su incipiente identidad y que están relacionadas con el abandono sufrido por sus progenitores y con las carencias afectivas que comportan la vida en un orfanato.

1.1.1 El abandono:
Para que un niño sea dado en adopción, es necesario que sus padres biológicos hayan renunciado a él. De ahí que todo niño adoptado lleve implícita una condición de abandono (Rosas, Gallardo y Angulo, 2000). Los niños sufren experiencia de pérdida, aunque los padres biológicos hayan entregado a los niños en contra de su voluntad (Ackerman y Dozier, 2005). Ha sufrido de forma real el rechazo de los que le engendraron y ha perdido los primeros puntos de referencia que le empezaban a orientar y sentirse seguro, olores, sensaciones, tactos, que hacen de puente entre su psiquismo fetal y los primeros momentos de vida extrauterina. Los problemas surgen, inicialmente, por las dificultades del adoptado para resolver la pérdida de objeto o, dicho de otro modo, para resolver el trauma y el duelo asociado al abandono (Brinich, 1990; Zimerman, 1999; Pérez Testor, Davins y Castillo, 2002). A menudo no fue un niño deseado y eso también deja secuelas en la formación de su identidad (Ackerman y Dozier,
2005). “Haber sido abandonado en la realidad (no en la fantasía como los niños en general hacen), provoca dolor y rabia, y mantiene el peligro actualizado de un nuevo abandono, con la ansiedad de que ello pueda ocurrir. Es decir, no sólo existe la pérdida ocurrida, sino la angustia de que pueda repetirse” (Grinberg, 2006 p.53). A pesar de no ser consciente en la mayoría de los casos, la ruptura de la relación con la madre y/o familia biológica es una fuente de conflicto, culpa y desvalorización, ya que todos pensamos con facilidad que dejamos aquello que no nos es valioso, lo que no queremos. Incluso cuando el abandono se produce nada más nacer, la quiebra brusca de la relación simbiótica que el niño había vivido con su madre deja, según esta perspectiva, una herida en el psiquismo muy difícil de curar debido a la inmadurez del aparato psíquico del lactante (Zimerman, 1999). Este conflicto le puede llevar a sentir que no puede creer en nadie, los padres biológicos le dejaron, y los adoptivos le pueden dejar, con la consecuente grieta en su seguridad y autoestima, y se va a expresar en la vida diaria, en la convivencia familiar (Ackerman y Dozier, 2005).
“El abandono es una realidad que va a afectar profundamente al niño y a determinar una convivencia más compleja y difícil que la convivencia con niños y niñas que no han sufrido abandono” (Múgica, 2006 p. 27). “Si no ha habido posibilidad de elaboración, estas experiencias traumáticas pueden cristalizarse en un futuro en fuertes sentimientos de agresión. Si esta agresión es introyectada generará sentimientos de culpa, fantasías de haber dañado a la madre biológica, desvalorización, miedo a recibir castigo o conductas de sometimiento al adulto pero encubrir su hostilidad. Si por el contrario son proyectadas se produce un alivio de la culpa. Los otros son los malos y por lo tanto se les puede atacar” (Muñoz, 2002 p.121).

1.1.2 Las carencias de la vida previa:
Por otro lado el niño lleva los duelos por las carencias sufridas en su vida de orfanato. Si un niño recibe respuestas incoherentes, de rechazo a su demanda y carentes de empatía, y repetidamente percibe que no despierta ilusión, recurre entonces a mecanismos de defensa que le van a empobrecer. Puede moldear un falso “yo” a partir del cual trata con el mundo exterior de forma vigilante y negociadora, a la espera de un entorno más apropiado donde pueda germinar lo suyo más genuino (Mitchell y Black, 2004).
La adopción es su nueva oportunidad, su nuevo entorno más apropiado, en el que poder establecer vínculos estables que le permitan confiar en él mismo y en el mundo que le rodea, y estructurar así su auténtico yo. Los padres pueden ayudar al desarrollo emocional del hijo adoptado y promover el desarrollo del apego, reelaborando las experiencias de pérdida anteriores (Gribble, 2007). Hay que preparar a los padres adoptivos para evitar que las posibles consecuencias de las carencias que haya sufrido el menor interfieran gravemente en el proceso adoptivo (Castillo, Pérez, Davins y Mirabent, 2005).

1.2 Los padres adoptivos
1.2.1. La infertilidad:
La gran mayoría de personas que solicitan una adopción lo hacen después de haber pasado por períodos de tiempo más o menos largos en los que se ha visto frustrado su deseo de ser padres por la vía biológica (Cudmore, 2005; Muñoz, 2002). Sufren una infertilidad a veces de origen desconocido y otras una esterilidad diagnosticada. Erikson (1963) había calificado la edad madura humana como fase genital-generativa, dominada por la necesidad de crear, generar y de reproducirnos. Renunciar a las posibilidades generativas en la paternidad o maternidad significa una renuncia y desde luego, un duelo.
Toda infertilidad conlleva una conflictiva personal (sentimientos de baja autoestima, de gran tristeza, depresión, irritabilidad, etc.) y de pareja (conflictos en la relación, insatisfacción sexual, etc.) que es necesario asimilar y resolver en el periodo previo a la adopción (Becv, Jerman, Ovsenik y Ovsenik, 2003). Son normales sentimientos de vacío, de agujero que deja el hijo biológico que no tendrán, y también de rabia por no poder, eso que otros tienen con facilidad. Es importante que puedan conectar con ello y con los interrogantes que se despertarán sobre el vínculo con la pareja, sobre las posibles relaciones anteriores de cada uno que no cuajaron y sobre otras que podrían tener cada uno por separado.
Los sentimientos que se ponen en marcha son complejos y su elaboración dependerá del equilibrio interno de la pareja, de la salud mental de cada miembro y de la interiorización de la relación habida con sus propios padres.

Distintos duelos se ponen en marcha (Mirabent y Ricart, 2005):
Duelo por la pérdida corporal de la capacidad reproductiva.
Duelo del miembro estéril, con los sentimientos de culpa y desvalorización. Sentimiento de deuda con el otro miembro.
Duelo del miembro fértil, que debe afrontar la ambivalencia entre el amor a su pareja y la frustración de no poder tener hijos.
Duelo por los hijos no nacidos, los hijos imaginarios, fantaseados, producto de las fantasías inconscientes creadas desde la infancia y las fantasías conscientes hechas con la pareja. Es la renuncia a un hijo que proviene también de aquella persona que se quiere, un hijo que viene del otro.
Si la pareja puede darse tiempo y espacio para afrontar sus sentimientos, podrá entonces tener “espacio mental” para entender que la maternidad y la paternidad es una función diferente a la reproducción. Podrá vivir que su cuerpo puede no ser fértil pero su mente sí puede serlo y puede encaminar su vida hacia aspectos creativos distintos, o la parentalidad adoptiva.
Podrá entonces aceptar tener un hijo diferente al biológico y con unas necesidades también diferentes y más complejas.

Pero si este proceso no se da, se pueden dar entonces reacciones como:
El miembro estéril puede necesitar dar un hijo a su pareja, de la forma que sea, precipitadamente, sin tomar conciencia de la realidad de la adopción ni plantearse si la desean asumir. Es el hijo a toda costa para calmar la culpa, negar el duelo y calmar la herida sufrida (Castillo, Pérez, Davins y Mirabent, 2005; Galli y Viero, 2007; Muñoz, 2002).

Ambos miembros no pueden pararse a elaborar y reaccionan de forma maníaca y negadora a la situación dolorosa que no pueden aguantar y buscan la “salida rápida”. Los mismos médicos a veces la estimulan “siempre podéis adoptar” intentando ayudar al paciente, sin percibir las diferencias de la adopción. Dichas defensas maníacas van dirigidas a una afirmación de la normalización y de los derechos únicamente de los padres (Galli y Viero, 2007).
Pero también acuden a solicitar una adopción otras personas que tienen otro tipo de duelos pendientes.

1.2.2. La pérdida no elaborada de hijos biológicos:
Se pone en marcha la necesidad de llenar rápidamente el vacío y de negar y alejar el sufrimiento depresivo. No se puede sentir la tristeza y el dolor y hay que buscar una salida hacia delante. El riesgo está en que se le pida al hijo adoptado que ocupe el lugar del otro y que sea la “alegría” de la casa para que los padres no sientan la pérdida. En estos casos es muy difícil que el hijo adoptado pueda reconocer su propia identidad y pueda desarrollarse siendo él mismo. Se auguran los conflictos, enfrentamientos, rabia proyectada en ese hijo que no es lo que debería ser. El niño recibe dos mensajes distintos, el verbal y el analógico-gestual, que se contradicen. Así el hijo o se rebela con lo que los consecuentes problemas en la relación familiar o el hijo se somete, haciéndose sumiso, estructurándose de forma poco diferenciada. Lo que conlleva el detrimento de su verdadera identidad.

1.2.3. Edad - sentimiento de nido vacío:
Parejas que han tenido hijos biológicos, que se han empezado a independizar y que van dejando el hogar para hacer su propia vida.
Ésta es una etapa difícil en la vida de los padres, su rol cambia profundamente, la pareja se reencuentra, vuelve a estar sola, pero ahora con una edad avanzada. Con cierta frecuencia, además, en nuestra cultura eso coincide con la menopausia (Tizón, 2004). Su futuro les encara a la vejez, a las pérdidas corporales, laborales, sociales...etc. Si esta realidad no se puede soportar, si no se pueden encontrar las ganancias de la nueva etapa, existe el riesgo de solicitar la adopción como una forma de negarla, de seguir sintiendo la juventud. Para el menor el riesgo es tener unos padres abuelos, que no tienen suficiente energía para criar y educar. Es el hijo “en función de”, el hijo con una utilidad.

1.2.4. Personas solas:
Personas solas, más frecuentemente mujeres, que a partir de cierto momento de su vida toman conciencia de su soledad. Han pospuesto en el tiempo su deseo de maternidad y a partir de cierta edad se plantean el ser madres sin una pareja estable. En algunos casos, buscan el hijo como una forma de tener compañía y alguien que les cuide en su vejez. Su proyecto adoptivo está muy lejos de la realidad y podría tener serias consecuencias en la educación y crianza del niño-a. Es de nuevo el “hijo para...”. Aunque algunas investigaciones obtienen resultados más positivos (González, Díez, Jiménez y Morgado, 2008), nuestra experiencia clínica nos hace ser más prudentes en estas situaciones.

A continuación, presentamos una viñeta que ilustra el duelo por el paso de los años en una persona sola.

Señora Marta
La señora Marta es una mujer de 58 años, que tiene un aspecto juvenil y que goza de buena situación económica. Nunca ha tenido una pareja estable, vive sola desde que sus padres murieron hace 7 años. Su vida se ha centrado en impulsar los negocios familiares, lo que ha conseguido con gran acierto, y que le han proporcionado grandes ingresos y una economía asegurada.
Explica que desea adoptar porque “se siento sola...toda la vida trabajando para hacer crecer los negocios, para la familia, sus padres...y ahora que no están ¿qué?...me doy cuenta que he olvidado cosas...casi me siento utilizada ya que no me he dedicado a mí misma... ¿para qué quiero tantas riquezas?... ¿qué hago con la casa tan grande y tan vacía? ....Deseo adoptar una niña, le daría lo que quisiera, yo puedo asegurarle su futuro...

Los sentimientos que surgen de los duelos no elaborados se pueden mantener lejos de la conciencia, en el inconsciente, con lo que constituyen un riesgo cuando ya se ha formalizado la adopción. Se pueden convertir en armas arrojadizas hacia el otro miembro de la pareja o hacia el niño, que interfieren en la relación mutua (Grau y Mora, 2005; Tizón, 2004). Estas motivaciones otorgan un rol al niño, que debe cumplir, a riesgo de provocar sino auténticos conflictos que pueden llegar a la ruptura familiar. En ellas no hay un reconocimiento de lo específico de la adopción y por tanto no se reconocen las necesidades propias del hijo adoptado. Entonces éste, con sus necesidades, fácilmente decepciona las expectativas y los padres no le pueden reconocer como hijo. Lo que está en riesgo es la vinculación, la formación de la identidad del niño y el mantenimiento de la familia como tal.
En la adopción no existe un “fin” de ninguna historia. Como todo proceso de filiación la historia está siendo escrita en cada instante.
El trabajo de los padres adoptivos va a implicar contener los miedos, ayudar a metabolizar las fantasías de los hijos en su saberse adoptado. Ellos serán el sostén emocional porque la complejidad de los sentimientos del hijo no se agota con “la verdad” de su origen, sino que ésta despierta múltiples sentimientos y fantasías que requieren elaboración. Sólo si los padres realizan esta función de contención el niño logrará sobrevivir a la intensidad de lo vivenciado. El sostén de los padres será imprescindible para acompañar a su hijo en sus duelos a lo largo de las diferentes etapas de su vida (Winnicott, 1975). Por ello es necesario que estén lo suficientemente libres de los suyos propios. El estado psíquico de los futuros padres condiciona enormemente la cualidad de las expectativas hacia el hijo, su flexibilidad o rigidez, va a expresarse día a día en la crianza. Solo cuando el duelo está elaborado se forja un verdadero deseo de paternidad (Muñoz, 2002).

2. Consecuencias del èxito o fracaso de la elaboración de los duelos en la calidad del vínculo afectivo
Hasta ahora hemos planteado cómo los duelos influyen en la motivación de las parejas para adoptar. Vamos a analizar cómo influyen en la calidad del vínculo afectivo entre padres-hijo, tanto antes de la adopción como después de la llegada del niño, en las distintas vertientes de la relación.

2.1. Pre-adopción. Formación del vínculo: la anidación.
La filiación es un proceso simbólico, que se produce en la mente de padres e hijos, y que se da tanto en uno biológico como adoptado.
Será la presencia o ausencia de esta investidura simbólica en los padres adoptivos la que marcará la presencia o ausencia de filiación (Pinto, 2007). Es un proceso vinculado al deseo y a medida que éste se va configurando, crea un espacio mental, un nido que se va construyendo en la mente de los futuros padres. Cuando una persona o personas han tomado la decisión de adoptar un niño, han iniciado desde hace un tiempo un proceso emocional interno que va preparando el terreno psíquico para acogerlo. La filiación adoptiva empieza en la mente de los padres mucho antes de encontrarse con el niño y se van creando expectativas conscientes e inconscientes hacia este hijo, un hijo imaginario, hacia ellos como padres y hacia la familia que formarán.
La cualidad de este nido mental está muy condicionada por la cualidad de las expectativas, de los ideales de los padres, que permitirán o no aceptar al hijo adoptivo con toda su realidad, que nunca será exactamente ajustada a la fantaseada, al igual que ocurre con un hijo biológico. De manera general, si las ideas previas y las expectativas de los padres son demasiado elevadas, con alto grado de elaboración y poco realistas pueden afectar de forma más negativa que si son expectativas más generales y poco rígidas (Fuentes y Amorós, 1996). Si los padres se sienten demasiado decepcionados con el hijo real y no pueden tolerar la distancia entre el que habían imaginado y el que tienen, no podrán iniciar un proceso de parentalidad suficientemente sano, que permita el desarrollo y crecimiento del hijo, que acoja sus carencias y que les haga sentir verdaderamente padres de este hijo. Por ello es imprescindible que en la pre-adopción las expectativas sean ajustadas a la realidad y que el deseo del hijo no esté basado en el llenar los vacíos y frustraciones de los padres. Es básico que éstos hayan elaborado suficientemente sus duelos y se hayan conciliado con su realidad (Pérez Testor, Davins y Castillo, 2002).

2.2 Desarrollo del vínculo e incidencia de los duelos no resueltos en los padres.

2.2.1 El encuentro:
Es por todos sabido que el encuentro con el niño es un momento de gran condensación de emociones: desde el sentimiento de llegar al final de un largo camino, pasando por todas las inquietudes vividas, hasta la ambivalencia de sensaciones y emociones del presente. Es vivido como un momento único, muy deseado pero caracterizado por la tensión y la incertidumbre de enfrentarse a un niño desconocido.
La mayoría de las familias tienden a fantasear con este momento durante todo el proceso de adopción esperando que sea un momento de reconocimiento mutuo y lleno de alegría (Berástegui, 2006). Es fácil que muchos padres caigan en esta idealización. El riesgo es que la realidad genere en ellos una gran decepción: el niño no se echa en sus brazos ni les reclama cariño, se comporta con distancia, reserva o con desconsuelo o agresividad en la mayoría de ocasiones.
La capacidad para tolerar estos momentos sin resentirse demasiado y permitir que la relación se vaya haciendo, va a depender de la necesidad - urgencia que tengan los padres de que el niño sea rápidamente el hijo, que se comporte como tal y reconozca su parentalidad. Por lo tanto va a depender de que puedan ver al niño con su realidad, sin otorgarle el rol ideal de llenar el que no tuvieron.
El rechazo inicial que muchos niños tienen hacia los padres que acaban de conocer puede también despertar en ellos temores y dudas no previstos acerca de si son buenos padres y su capacidad.
Si no habían conectado y elaborado suficientemente los sentimientos de pérdida del hijo biológico y éstos se mantienen disociados en el fondo de la mente, pueden seguir dando gran valor a los lazos de sangre como único vínculo paterno-filial, y en este momento pueden irrumpir con fuerza en la conciencia y distorsionar la visión del niño y de lo que le ocurre.
Pueden entonces sentirse malos padres, creer que no saben qué hacer porque su instinto no funciona, al igual que no funciona su capacidad reproductora, con lo que pierden confianza en sí mismos y se acercan al niño de forma ansiosa.
O por otro lado pueden sentirse más alejados del niño, acentuándose la vivencia de que es un extraño al no poder ponerse en su lugar. No pueden entonces conectar empáticamente con las pérdidas, desorientación y desazón que está viviendo, la pérdida del mundo que, aunque precario, conocía y la desazón ante los desconocidos que tiene delante y el nuevo mundo que le ofrecen.
Cuando los padres han tolerado las incertidumbres y el dolor que se produce al saber de su infertilidad y aceptarla, podrán crear un espacio mental para el niño que llega a la familia y éste tendrá una mejor inserción. Unos padres que aceptan sus carencias podrán identificarse con las del hijo y ser su sostén (Caso, Grinblat y Fermepin, 2001).

2.2.2 Adaptación y crianza:
La crianza aparece como el punto de anclaje, de unión entre padres e hijo. Es en este día a día cotidiano donde se construye la familia.
Ya no es la sangre sino la crianza lo que une y sostiene (Giberti, 1987).
La presencia de duelos no elaborados en los padres puede dificultar la creación de un apego seguro impidiendo así una buena adaptación y crecimiento del menor. Por ejemplo, parejas estériles infértiles que no han resuelto adecuadamente sus sentimientos “deseado” biológico. Pueden crear una atmósfera familiar que dificulta la confianza básica y la seguridad (Singer, Brodzinsky,
Ramsay, Steir y Waters, 1985). Así mismo, el hecho de no haber asimilado un aborto o la muerte de un hijo también puede dificultar el desarrollo de un apego seguro.
Trabajos que estudian la ruptura y la satisfacción familiar en la adopción indican que, en un cierto porcentaje de adopciones (que oscila entre el 0,7 y el 20% según los estudios y la composición de las muestras), las dificultades de adaptación en el sistema familiar conducen a la ruptura de la relación adoptiva y el reingreso del menor en el sistema de protección de menores (Berástegui, 2003).

A continuación, les presentamos un caso que refleja cómo el duelo no elaborado de la infertilidad puede influir en la adaptación y crianza del niño.

Familia Cuella
Motivo de consulta:
Los señores Cuella consultan a nuestro servicio porque tienen dudas de si la evolución de su hijo Jaime, de 4 años, es o no adecuada, si funciona en relación a lo que correspondería a su edad. Tienen dudas aunque no ven nada de particular en el niño, sólo desean asegurarse.
ü      Antecedentes:
Los señores Cuella explican que adoptaron a su hijo Jaime cuando éste tenía 2 años y 6 meses, procedente de un país asiático.
Ellos no habían podido tener hijos biológicos, los habían deseado y se habían sometido a un programa de fertilización asistida en la que realizaron cuatro inseminaciones artificiales y tres fecundaciones In Vitro a lo largo de 7 años. La mujer explica su ansiedad a lo largo de estos procesos y su gran decepción al comprobar que no había embarazo. Dice: “Era obsesivo, cada día pendiente y luego este sentimiento...tú no vas a poder tener un niño en tus brazos...”
Ambos tienen alrededor de 45 años.

ü      Situación actual:
En la entrevista la madre habla atropelladamente, se la ve muy inquieta a medida que relata su preocupación. El padre intenta calmarla y adopta una actitud protectora con su esposa. La madre explica que no sabe si su hijo está creciendo bien, si sus reacciones y funcionamiento son los adecuados a su edad... “No puedo evitar mirármelo a todas horas, si juega...¿lo hace como le toca?...si coge bien los cubiertos...si se enfada pienso si es que va a ser agresivo...y si duermo tengo miedo que le pase algo...” En este momento explica que han puesto una cámara de video en su habitación y que así ellos desde la suya ven como está el niño en cualquier momento...El padre comenta que lo han hecho para que su esposa pueda descansar.
Mientras el niño está muy inhibido, sentado en el regazo de su madre sin atreverse a mirar a la entrevistadora ni acercarse a los juegos que ésta le ha presentado. Al señalar la actitud del niño, los padres confirman que es muy miedoso, que en los parques se queda inmóvil y difícilmente se acerca a otros niños. También su maestra pone de relieve su temor a relacionarse con otros niños, aunque cuando ella le anima el niño se puede aproximar y ahora tiene algunos amiguitos.
La entrevistadora observa que Jaime es un niño con capacidades, de aspecto inteligente y observador, pero muy inseguro y temeroso ante una nueva relación.

ü      Comentarios:
Los problemas de fertilidad han dejado una huella psíquica en la señora Cuella. Vivió con gran ansiedad los intentos de embarazo, que dejaron un duelo pendiente en su mundo interno, y que condiciona las vivencias con su hijo adoptado. Proyecta en él el mismo temor que ante los embarazos frustrados: no podrá tenerlo en los brazos, ahora transformado en que Jaime no sea “normal” o que le ocurra algo súbitamente que trunque su vida.
A la vez está transmitiendo su temor al niño, que vive la relación con el mundo externo con ansiedad y miedo, al no tener una contención adecuada de los temores normales de todo niño e incorporar una relación de objeto segura y protectora.
Jaime muestra una forma de relación insegura y temerosa con los otros al estar incorporando una relación de apego insegura con su madre.
Como consecuencia de la no elaboración de la pérdida de fertilidad, también pueden aparecer sentimientos en relación a la irrupción súbita de la infertilidad: “si yo hubiera sido fértil, este niño no estaría aquí”. Se puede percibir la distancia emocional que representa un riesgo en la vinculación mutua. Los padres adoptivos también pueden dar gran valor a la genética del hijo, distinta a la de ellos, mostrando así que en su inconsciente no habían dado el paso de padres biológicos, con su genética, a padres emocionales que pueden confiar en los afectos que se establecen. Con frecuencia es ante la agresividad y violencia del hijo cuando los padres se sienten más inseguros ante sus convicciones que creían sólidas. La no elaboración de los duelos les puede hacer sentir que el niño tiene reacciones agresivas o de enfado por su herencia genética, a saber a quién ha salido”, dando entrada a los fantasmas acerca de los “Otros”, los progenitores desconocidos, rivalizando inconscientemente con ellos o disociando hacia ellos todo lo que no les gusta del hijo, con lo que no se puede integrar en la relación mutua y por tanto entender, dar sentido y resolver ese enfado del hijo.
Seguidamente, les ilustramos mediante una viñeta cómo afecta el duelo no resuelto de un hijo muerto en la adaptación y crianza del niño.

Familia Díaz
Motivo de consulta:
Los señores Díaz consultan porque su hijo Pau de 4 años “se porta mal”...”es muy agresivo” y “no acepta que le riñas”.
Explican que Pau es un niño adoptado a los 3 años en nuestro país, y que desde el inicio de la relación han tenido problemas.

ü      Antecedentes:
Los señores Díaz llevan 10 años de matrimonio. Tienen una hija biológica de 8 años y tuvieron otro hijo biológico hace 6 años que murió a los cinco meses, a causa de una enfermedad genética con la que nació. Desde su nacimiento hasta su muerte estuvo hospitalizado y en una situación muy grave. Los padres relatan con gran emoción este período en el que sufrieron mucho, tanto ellos como la hija que ya tenían y que percibió el trastorno familiar. Los médicos, tras los análisis pertinentes, dijeron a los señores Díaz que no era conveniente que tuviesen más hijos, ya que un nuevo hijo podría sufrir la misma enfermedad.
A los pocos meses del fallecimiento iniciaron trámites para adoptar un menor en nuestro país: “queríamos un niño...ya nos habíamos hecho a la idea de ser uno más en la familia...”
A los dos años de la muerte del hijo biológico les asignan un menor, Pau, de 3 años y 8 meses, que todos acogen con mucha ilusión, incluida la hija que ya tienen.
Pau nació en una zona suburbial de una gran ciudad, había vivido hasta los 3 años con su madre biológica que apenas se podía ocupar de él, vagaba por la calle muchas horas y acababa atendido por los vecinos del barrio. Parece que el niño a menudo estaba solo en casa y que había padecido hambre. Finalmente, los vecinos alertaron a los servicios sociales cuando la madre no se presentó en tres días.
Fue acogido en un centro de menores y ella le dejó en adopción.
Situación actual:
En el momento de la consulta los padres expresan un conjunto de quejas del niño. Comentan que se ha adaptado rápido a la familia “todo se lo ha hecho suyo...incluso lo que es de la niña” entonces, si se le riñe “no acepta que no puede ser...tampoco que algo no le salga, es muy orgulloso y lo deja correr, abandona la iniciativa o quiere que se lo hagamos nosotros...
(Refiriéndose a un dibujo o un juego)”.
La madre se muestra más decepcionada y crítica con el niño, su tono es más bien frío y distanciado, es la que lleva la conversación.
El padre se muestra más callado, intenta hacer algún comentario como “es pequeño” o “necesita que estemos con él” rebelando una mayor comprensión y empatía con el niño. Pero cuando interviene, rápidamente la madre toma la palabra y añade: “Tiene una adhesión enfermiza con su padre, .no le deja vivir...como si él fuese el único...también la niña le necesita y no puede tolerarlo...odia que esté su hermana”.
Más adelante en la entrevista la madre añade: “Se apropia de las personas, también de la abuela... ¿qué se cree, que todo es para él?...No puede sufrir que estemos por la hija...y ¡Es nuestra hija!...Él acaba de llegar”.
Cuando el profesional intenta mostrar la necesidad de Pau de encontrar su lugar en la familia, de establecer y asegurarse un vínculo, el miedo a un nuevo abandono o el mundo interno de Pau poblado de temores y de formas de relación poco estables y fragmentadas, el padre puede acercarse e intenta contener a la madre, pero ésta rápidamente se muestra ofendida. Se les cita para una segunda visita.
En esta segunda entrevista sus actitudes no se han modificado, al contrario la madre se ha afianzado en su visión de Pau. Inicia la conversación muy alterada relatando una dura pelea entre Pau y la niña, en la que el niño acabó diciéndole a su hermana “pues ahora tú me mandas pero cuando yo sea mayor mandaré yo y te mataré”.
Al intentar entender cómo se había iniciado se va viendo que la niña ejerce de “segunda mamá” dando órdenes y riñendo a Pau y éste tolera muy mal la intervención de ésta.
Se hace muy difícil contener las fantasías que emergen sobre Pau en la mente de sus padres adoptivos; éstos le van fijando en su mente como violento y absorbente, peligroso para el funcionamiento de la familia. La intervención del profesional mostrando los aspectos frágiles y necesitados de Pau suscitan más bien enfado y la madre acaba sugiriendo que Pau debe tener alguna enfermedad mental.
A partir de ahí los padres realizan otras consultas y empiezan un periplo de exploraciones neurológicas que muestran una ligera irritación cerebral en el niño. Le dan medicación pero la situación no mejora.
Finalmente la relación familiar ha sufrido un gran deterioro, el padre ha enfermado de depresión y las agresiones de Pau a su madre y hermana han ido en aumento paralelo a los enfrentamientos continuos y la falta de contención.
Los padres acaban renunciando a su adopción y acuden a los servicios sociales para retornar a Pau a la tutela de estado, después de 9 meses de estar en la familia.

ü      Comentarios:
A nuestro parecer la dolorosa situación vivida por esta familia muestra la profunda huella que ha dejado el duelo no resuelto por el hijo biológico muerto. Los señores Díaz necesitaron llenar rápidamente el vacío que dejó éste, se dieron muy poco tiempo antes de iniciar los trámites para la adopción y el hijo que les llegó debía ocupar el lugar del fallecido y responder a las expectativas “ideales” que se le atribuían al primero. No hay espacio mental que permita conocer, entender y empatizar con las necesidades de Pau, ya que ése debe funcionar según las fantasías atribuidas al fallecido, debe responder a ese modelo para calmar el dolor de los padres y así seguir negando su muerte en su mundo interno.
Pau no podía ser reconocido en su identidad y cuando se muestra tal y como es abre la herida de los padres que  proyectan la rabia y el dolor del duelo pendiente. Pau aparece ante los ojos de la madre, como el portador de lo malo, del peligro para la familia, ya que su visión está teñida de su proyección. Cuando el padre intenta modificarla e introducir una visión de Pau más en consonancia con su realidad, la madre no le deja, su dolor necesita ser proyectado.
El hombre, ante sus intentos fracasados, finalmente no puede integrar la situación y se deprime.
En esta dinámica familiar Pau tiene pocas posibilidades de ubicarse, al no sentir atendidas ni comprendidas sus necesidades emocionales de apego y vinculación, reacciona también con violencia y así cierra el círculo, convirtiéndose así en realmente el extraño peligroso que acecha la familia y a quien hay que extirpar.

2.2.3 Orígenes:
Un aspecto central en la adopción es cómo los padres van a ayudar al hijo en la integración de sus orígenes distintos. Es imprescindible para el niño pasar por estos momentos de dolor y a la vez recibir de los padres e interiorizar un concepto de sí mismo positivo (dejar de sentirse malo, feo, poco valioso por el hecho de haber sido abandonado) que le permita asumir su identidad de forma completa y aceptar su realidad de adoptado.
La resolución de los duelos en los padres, que se sientan conciliados con su historia, va a condicionar enormemente dos aspectos: en primer lugar, que puedan aceptar que la adopción es un revelo, que hubo “otros” primero que no pudieron seguir el camino y que luego vinieron ellos y en segundo lugar, que puedan sostener el duelo del hijo, sin caer en la negación y minimización de los sentimientos del niño o en el enfrentamiento.
Cuando dichos aspectos no han podido tener lugar, aparecen comentarios como: “No importa lo de antes, cuando esté con nosotros será feliz”, “ellos le dejaron… ¿qué interés podrá tener en ellos?, “¿Cómo pueden importarle sus progenitores si no les conoció?, los vínculos se hacen con el tiempo y con todo lo que ha vivido con nosotros, ni va a pensar en ellos”. Será este sostén de los padres el que va a permitir la elaboración e integración de todos los sentimientos que despiertan sus orígenes y por lo tanto este proceso es de máxima importancia para la construcción sólida de su identidad.

Vamos a desarrollar algunos de estos sentimientos en los padres que pueden dificultar este proceso, todos ellos relacionados con su confusión acerca de la paternidad, vinculada al no haber elaborado suficientemente los duelos:

a) Vivir como fracaso que el niño tenga curiosidad e interrogantes acerca de sus orígenes. Los padres sienten que si la adopción funcionase el hijo no debería pensar en el pasado, del que a menudo, no son conscientes. La vivencia es profunda, ya que se sienten cuestionados en su función de padres, pueden decirse “no hemos conseguido ser buenos padres ya que piensa en los otros”.
Subyace la idea de que sólo con la biología se consigue la verdadera filiación, en el fondo vuelve a surgir su infertilidad, el hijo al preguntar pone en duda su paternidad, porque existe la creencia oculta de que sólo la biología puede generar la filiación verdadera (Anthony y Benedek, 1983). Un matiz de este mismo sentimiento es necesitar que el hijo les vaya entonces reafirmando como padres en el día a día, y por lo tanto necesiten que no les ponga en duda. No van a poder soportar entonces frases como “tu no me quieres” o “pues no te voy a hacer caso porque no eres mi madre” dichas en momentos de enfado y con las que el niño pretende y necesita sentir a sus padres sólidos, ya que él sí tiene muchos hechos y sentimientos por ordenar en relación a su filiación.

b) Las dudas e interrogantes del hijo, los conflictos que generan, despiertan el temor de que les va a abandonar, que les va a dejar.
Temor a un doble abandono. Primero el hijo biológico no tenido les ha abandonado como padres y ahora el adoptivo reedita su abandono al plantearles provocativamente dudas, conflictos y problemas de relación. En este sentido en la adolescencia, la progresiva y normal separación y autonomía del hijo, puede ser vivida también como un abandono. Además en este periodo se acentúan las inquietudes del hijo por conocer sus orígenes, viajar a su país, saber quienes son sus progenitores…etc. En este contexto los padres pueden interpretar mal las verdaderas necesidades del niño y sentir sentimientos depresivos o de resentimiento “con todo lo que hemos hecho por él”.

c) Sentimiento de rivalidad y competición con los progenitores.
Conlleva la fantasía de que ellos, esos desconocidos, les disputan la verdadera paternidad. Porque en realidad se sienten padres “de segunda”. Pueden sentir que los lazos afectivos que construyen con el niño no sean tan seguros y estables como los que se crean con los hijos biológicos, que los quieran menos que a los biológicos…etc. (Fuentes y Fernández, 2001; Soulé y Noel, 2003). La consecuencia
es que los padres adoptivos ante comentarios como los otros me tratarían mejor,” o no me reñirían...” no puedan encontrar respuestas adecuadas y se cronifique el conflicto mutuo, la instalación en la decepción mutua y de nuevo en el resentimiento.
También puede influir en el lenguaje no verbal de éstos y que sutilmente vayan trasmitiéndole una visión negativa de los otros (“eran malos...no te querían...no hicieron nada por ti…).

d) Ante el desarrollo físico y emocional del hijo en la adolescencia, pueden sentirle como extraño, diferente genéticamente a ellos mismos, y por lo tanto, parecido a “los otros”, los que le engendraron. Si no han resuelto bien el valor que dan a lo biológico y secretamente sienten que sólo así se produce la filiación, pueden ir sintiendo progresivamente que su hijo es un extraño, que no pertenece a la familia y proyectarle todo lo que en esta etapa es conflictivo de la relación mutua: Es él el que no encaja”, “el nuestro no se comportaría así”. Se hace imposible entender qué le ocurre al hijo y poner recursos para resolver el conflicto. Se pone fuera y se disocia la conflictividad, poniendo lo malo en el hijo y lo bueno en ellos. El riesgo es la profundización de la grieta que podría llevar a la ruptura. Temor a que la influencia de la herencia genética haga que los niños adoptados reproduzcan las conductas inadecuadas de sus padres o que no sean capaces de modificar las conductas inadecuadas aprendidas antes de la adopción (Fuentes y
Fernández, 2001).

e) También pueden aparecer en los padres dificultades para integrar la etnia diferente y la negación de los sentimientos del niño ante el hecho de sentirse de otra etnia, que se expresa con frases como: nosotros somos abiertos y valoramos la diversidad”, “No pasa nada, en el colegio los niños siempre se han metido unos con otros, por si llevas gafas o eres más gordito...es lo mismo”, “Viajaremos
por el mundo, así verá que hay muchas razas, él es uno más, no tiene porqué afectarle”. Así se minimiza o niega la realidad de que en el niño adoptado su raza diferente le pone directamente en contacto con sus orígenes distintos, a diferencia del niño inmigrado que cuando llega a casa sus padres son como él. En el adoptado ser de otra raza implica haber nacido de otros que no son sus padres y haber sido abandonado por ellos. Por lo tanto que los padres estén atentos a como vive el niño su diferencia étnica es esencial, para reafirmarle en su pertenencia a la familia y ayudarle a elaborar su historia previa. También puede aparecer la tendencia de los padres a realizar atribuciones negativas respecto a la intencionalidad del niño. Esto provoca serios conflictos entre padres e hijo ya que éstos no comprenden los motivos que pueden llevar a su hijo a realizar determinadas conductas y les atribuyen una intencionalidad negativa cuando a veces no la hay. Posiblemente la falta de flexibilidad para aceptar y tolerar la diferencia inherente al niño (diferencia de procedencia económica y social, de etnia o de carácter y conducta) puede ser el origen de estas atribuciones (Fuentes y Fernández, 2001).

Vamos a ilustrar con una viñeta la conflictiva de la esterilidad asociada a la dificultad de hablar de los orígenes en un caso de difícil resolución.

Caso Antonio
ü      Antecedentes
Antonio es un chico de 18 años, adoptado a los pocos meses en una región de España. Los padres consultan porque ha dejado los estudios, tiene un comportamiento distante y a veces agresivo con ellos y le ven desorientado, sin saber por donde encaminar su vida.
En casa la convivencia es difícil y apenas hay diálogo entre ellos.
Con facilidad surge resentimiento del chico hacia los padres, les hace “culpables” de su situación. Éstos se sienten perdidos sin entender qué le pasa y cómo tratarle. Todos sufren mucho.
De los antecedentes destaca que el padre era estéril y que vivió este hecho con gran vergüenza, sin poder hablarlo con nadie, apenas con su esposa. En su infancia, Antonio supo por sus padres que era adoptado pero nunca hablaron claramente de ello, ni en la adolescencia. Antonio no preguntó mucho ni comunicó sus sentimientos, sus padres tampoco se acercaron, creían que no para él esto no era muy importante. Fue un niño modélico. Empezó a truncarse esta trayectoria a los 15 años, en casa era más rebelde y provocativo, también en la escuela las relaciones con los profesores se hicieron más conflictivas y su rendimiento académico bajó espectacularmente.
En la actualidad ha abandonado los estudios, apenas se hablan, la comunicación está marcada por las broncas y los resentimientos mutuos, las peleas son casi cotidianas.

ü      Fragmentos de las entrevistas con Antonio
“Me siento solo, estoy dentro de una niebla en la que me siento muy ofuscado. A días me quedo bloqueado sin poder pensar, dando vueltas en la niebla....En el colegio, de pequeño, cuando me preguntaban si tenía hermanos (es hijo único) me quedaba parado...es que no lo sabía...acababa diciendo que no, yo soy hijo único, pero... ¿y si tengo?”
“De chico también me sentía solo, mis amigos hablaban de sus primos, sus abuelos, su familia...yo me sentía fuera, la sensación de no pertenecer a nadie... Entonces me fui cerrando...solo...no decía nada ni a mis padres ni amigos...cada vez estaba más ofuscado...me aparté de todo, no tenía a nada ni nadie. Yo era diferente a todos, mis padres no eran en realidad mis padres... ¿de donde salía yo?”
“Otra idea también me atormenta, con las noticias que corren hoy día...no sé si pagaron por tenerme... ¿He sido un niño comprado?...Cuando pienso en esto entro en un abismo de mayor soledad y desprecio, hacia mí mismo y mis padres.”
“Hace años que todo esto estaba por debajo, ahora he tomado conciencia de todos mis pensamientos y sentimientos, interrogantes, miedos...a momentos me siento abandonado e impotente, este es mi gran temor. También tener novia... ¿Y si me acaba dejando?”.

ü      Comentarios:
Como se puede ver en estos fragmentos de las entrevistas, Antonio padece un gran sufrimiento interno, llevado en soledad, y muestra una gran desconfianza hacia su entorno familiar. Por un lado, el silencio entorno a la adopción a lo largo de toda su infancia ha ido gestando un profundo vacío, derivado, no tanto del no tener respuestas a los interrogantes de sus orígenes, sino sobretodo por la ausencia de comunicación, de acompañamiento en el duelo por el abandono y falta de contención de los sentimientos derivados. El duelo se ha mantenido latente en su interior y ha irrumpido con fuerza en su adolescencia pero en este momento tiene pocos recursos emocionales para afrontarlo, ya que no los pudo construir junto a sus padres en la infancia. Por otro lado, el silencio ha creado un fuerte resentimiento, derivado de la vivencia de que sus padres le han mantenido en la ignorancia, de que no se han hecho cargo de los sentimientos que le despierta su “diferencia” y de la fantasía subyacente de que él llegó para cubrir un vacío de ellos, de que su presencia estaba al servicio de sus necesidades, no de atender las suyas como hijo.
En la infancia Antonio asumió el papel asignado: el hijo agradecido, modélico, que con su funcionamiento acorde hacía “como si fuera biológico” y no presentaba problemas. Pero con la irrupción de la adolescencia no pudo continuar con su rol, con lo que las relaciones mutuas se hicieron cada vez más conflictivas y se evidenció y aumentó la distancia emocional entre padres e hijo.
En su infancia los padres no pudieron acercarse a lo que la realidad de la adopción pudo despertar en su hijo ya que ello implicaba haber reconocido y elaborado sus propios duelos, sobre todo el del padre, que no había podido fertilizar a su esposa. Antonio con su presencia les convertía en padres pero a la vez activaba el dolor de sus vacíos ya que evidenciaba su esterilidad. Necesitaban apartar, disociar, los orígenes distintos de su hijo y no dieron importancia a lo que el hijo podía sentir entorno a su adopción. Así pues no le pudieron acompañar en las primeras eclosiones de sus interrogantes, fantasías y emociones, le dejaron en su soledad y ésta se convirtió en distanciamiento y resentimiento en la adolescencia.
Ahora lo que Antonio está poniendo en duda es su filiación y su sentido de pertenencia a la familia. Está en riesgo su identidad y el mantenimiento de la integración familiar.

3. A modo de conclusión
En la formación y desarrollo de la familia adoptiva subyacen duelos profundos, tanto en los padres como en el hijo. De los padres va a depender la aceptación del niño con toda su realidad y la comprensión de sus necesidades. En buena parte de ellos depende el desarrollo de la familia como tal.
A lo largo de este artículo hemos procurado mostrar la importancia de que los futuros padres hayan elaborado suficientemente sus duelos previos para que no condicionen demasiado sus expectativas hacia el niño. Ello influirá en que tengan o no una motivación sana, basada en un deseo genuino y en la realidad del niño en situación de ser adoptado.
Como ya hemos mencionado, de ello va a depender la verdadera inserción del niño en la familia y un desarrollo sano del vínculo paterno-filial. Este proceso, si se da, va a permitir a los padres asumir y afrontar la elaboración de los duelos del hijo.
Así para que la familia adoptiva funcione como tal, el niño debe ocupar en la mente de los padres un lugar suficientemente libre de fantasmas. Éstos deben haber conseguido estar en paz consigo mismos para que en el día a día familiar puedan reconocer a ese niño como hijo y que éste les reconozca a su vez como padres. Sólo así podrán ayudarle a realizar su duelo pendiente: el abandono, que afecta profundamente su identidad, su autoestima y su confianza en sí mismo y en el mundo. El niño sólo puede realizar el proceso de este duelo en compañía de sus padres, sintiéndoles al lado. Es esto lo que le permitirá sentirse verdaderamente su hijo.
Cuando la elaboración de los duelos no es suficiente, los procesos de identificación se dan de forma muy parcial y el riesgo, es entonces, que los padres vivan al niño como un extraño en casa, y que el hijo sienta que no pertenece realmente a la familia. Por tanto, se dará una progresiva conflictividad en las relaciones familiares que pueden llegar, desgraciadamente, hasta la ruptura en algunos casos.
La función de los profesionales que atendemos a las familias adoptivas se centra precisamente en ayudar a los futuros padres a comprender las necesidades de identificación que va a tener el menor que vayan a adoptar y la importancia de que ellos, como padres, tengan suficiente espacio mental para anidar a ese niño.
Nuestra experiencia también nos muestra que incluso en situaciones donde los duelos no estaban bien resueltos, la intervención del profesional puede promover en los padres la comprensión de sus propios vacíos y abrir espacio a la realidad del hijo, rescatando su función parental.

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