martes, 16 de abril de 2013

RELATO


Fui adoptado: hoy me sorprende ser parecido a mis hijos

Alejandro Seselovsky, periodista y escritor.

Publicado en  Clarín.com el 13/04/13

La piel, la identidad. En 1971 una mujer entrega a su hijo. Ella, morena. Los adoptantes, de piel clara. Esta nota habla, en un tono de crónica contemporánea, de pertenecer a un grupo al que uno no se parece físicamente y de cómo se construye un “aire de familia”

Retrato. Sacarse fotos es un hábito que toma un significado especial para el autor del texto. Busca similitudes, aunque reconoce que el parentesco de sangre, finalmente, es un atavismo cultural

Ya me había dado en adopción antes de parir, la chica que limpiaba casas en Fisherton y que durante nueve meses me llevó en la panza, podemos pensar que solidariamente. Así que cuando nací, el 1 de junio de 1971 en la ciudad de Rosario, los que serían mis viejos, que la conocían y que la habían visto fajarse para esconderle al mundo aquel embarazo inconveniente, ya tenían acordado con ella mi futuro y me estaban esperando. Lo que vino después fue una vida entre los algodones de la clase media próspera que se mudó a Buenos Aires y en los ochenta hacía reventar los barcitos de GEBA. Una vez que me parió, con aquella chica no nos volvimos a ver.

Crecí donde descascara el Barrio Norte, calle Laprida entre Mansilla y Paraguay, los confines de la Recoleta según catastro, a 200 metros de avenida Córdoba y su amenaza trasmuro, el Abasto. En esas veredas, que alguna vez fueron la geografía fantasma de Borges y de Xul Solar, quedaron más que nada vecinos vitalmente aferrados a su bijouterie de clase, precisamente porque están a dos cuadras de tener que soltarla. Y en esas veredas jugué, no al fútbol, que es un ciencia exacta, sino a la pelota, que es su barro primigenio.

Crecí sabiendo que había sido adoptado, educado en la idea de que la adopción es un hecho bendito, un lucky strike . Fue un acierto de mis viejos liberar de entrada esa información porque, a la larga, la verdad es siempre menos tóxica, así que no todas, pero muchísimas cosas estuvieron bien. Como en todas las familias, los relatos se afianzaron, se hicieron tópico, dejaron su propia zanja sobre el lenguaje y después de un tiempo se contaban solos, de repetidos. A mí me gustaba la parte en la que mi vieja me decía que la “chinita” aquella se parecía tanto a mí.

Nunca salí en busca de esa mujer, será que nunca quise encontrarla.
En cambio, siempre busqué, con cierta tara, con cierta nerviosa fascinación, como temiendo verificarlo, el parecido físico entre las personas, sus réplicas naturales. Supe escribir los peores poemas en la historia de la adolescencia argentina conjugando los sonidos “parecer” y “para ser”, además de arrogarme la impunidad de llevárselos a Fabián Casas cuando atendía la librería de Clásica y Moderna y a Leónidas Lamborghini cuando tenía su taller del Centro Cultural Recoleta que dirigía Miguel Briante. Yo creía que escribía.

El parecido que además involucra el lazo de sangre directamente me resultó siempre un algoritmo inconcebible de la especie, un malabar de ácido desoxirribonucleico, Dios sobreactuándose, metiendo más lápiz del que hace falta. Siempre me sentí extranjero de esa conjunción: hermanas que son variantes, nietos que estiran en la Historia el plexo de sus abuelos, la familiaridad indiscutible de lo que se parece y que siempre me hizo sentir afuera de algo, excluido de la fiesta de la genética, sin las pertenencias de la corroboración en el otro. Yo nunca tuve dónde corroborar mi cara con nadie.

Hasta que un día tuve un hijo.
¿De qué está hecho eso que llamamos “un aire”? A las diez menos cuarto de la noche del 7 de noviembre del año 2001, una enfermera del Hospital Italiano de Buenos Aires me puso en los brazos a Benito y me llevó a un cuarto contiguo, donde tenía algo de ropa preparada para, una vez limpio de sangre y placenta, cambiarlo. Pero no pude. Yo tenía treinta años y la última vez que había tenido contacto con alguien de mi mismo entramado biológico, el que estaba cubierto de sangre y placenta era yo. Temblaba, como supongo que tiembla cualquiera que esté conociendo a su hijo. Pero yo tenía un ingrediente extra: estaba conociendo a alguien capaz de replicar un aire, esta vez uno propio.
–Vos sí que no te parecés nada a tu viejo, che.

El abuso de un recurso fácilmente degradable como la ironía es un peligro social, su utilización debiera estar reservada a situaciones menos elementales que un cruce de vecinos en un ascensor, sin embargo Benito y yo hace tiempo que venimos escuchando esa gracia, desde ya que bienintencionada, por parte del sujeto eventual que nos descubre.

Me dicen, mucho, que mi hijo se parece a mí.
Le dicen, a él, mucho, que se parece a su padre. Llevamos once años de esa constatación, pero para mí sigue siendo una novedad, una íntima conmoción.
¿Cómo voy a tener un hijo que se me parezca así? Me sorprendo a veces haciendo equilibrio sobre la cuerda floja de esa línea. Me pasa cuando lo miro, o mejor, cuando lo espío, es decir, cuando lo miro sin que él esté esperando ser mirado por mí. Le hago creer que estoy atento a la pantalla cuando jugamos a la Play, pero en realidad lo estoy relojeando finito. Tiene una nariz proporcionada que toma una elegante distancia de la mía, bastante más drástica. Tiene las pobladas cejas de su madre y una boca que no sé de dónde la sacó.

Es alto, muy alto. Yo fui alto.
Odiaba serlo, porque me colocaba en los fondos de todas las filas durante años de escolaridad que forma en el patio. Pero después dejé de serlo, y ahora, con mi metro sesenta y ocho, soy uno “que se quedó”.
–Cómo te quedaste Me dicen las tías.
–Qué alto que es Benito.
Me dicen también.
Así que, parte por parte, desensamblado, no, ese chico y yo no tenemos buenamente nada que ver.

Pero cuando las piezas encastran y emerge su totalidad, cuando se arma la suma singular de lo que hasta recién había sido examinado por separado, algo que no es una terminación física, algo que no tengo la menor idea de cómo explicar, sale de él y se me acerca, me reconoce, me hace un guiño.

Yo lo veo venir, lo veo venirse, es como una exhalación involuntaria hecha de mutuo reconocimiento, es un aire. Y ahí está él, tomándose impunemente su tiempo para hacer cambios, para elegir si jugar con la camiseta titular o jugar con la suplente y tardando lo que tenga que tardar porque quiere ganar, quiere ganarme, y en realidad ya me tiene ganado, ganadísimo, porque mientras él pasa opciones de la Play yo lo miro, lo estoy mirando, lo miro todo lo que una persona puede mirar a otra en este mundo, y ahí está, ahí estoy, ahí estamos los dos.

Un aire: ¿de qué está hecha esa idea? ¿Qué significa exactamente llevar el aire del otro, que otro lleve el aire de uno? El aire es una perfecta inmaterialidad, nadie ha visto nunca el aire. Y sin aire no hay nada, vida tampoco. El 21 de enero de 2006, cuando nació Uma, mi hija, Dios o alguien me puso nuevamente frente a ese éxtasis de la comprobación genética. Benito llevaba cuatro años mostrándome un mundo nuevo, uno en donde yo podía verme y reconocerme. Podría haber llevado mil, que tampoco hubiera estado listo para volver a buscarme, viéndola: ella, con cinco minutos de vida, sobre un cambiador junto a la sala de parto, arrebatada y molesta después del esfuerzo de haber nacido. Y yo ahí delante, temblando como hacía cuatro años: hay segundas veces que en realidad son de vuelta la primera. La cambié como pude. 
Y volví a encontrarme.

Uma tiene una cara redonda de profundos ojos negros. No nos han dicho, ni las tías ni los vecinos de los ascensores, que nos parecemos, pero tampoco es que lo estemos necesitando. Bueno, ella tal vez sí: me lo pide, me dice que quiere parecerse a mí.
Yo no sabía cómo encontrar ese parecido para entregárselo, para hacerla sentir que ella, también, soy yo, un poco. Pero los parentescos, los parecidos, asoman donde menos los estás esperando. Soy un chico de los ochenta, es decir, soy la generación walkman. Desde los 14 años que tengo un par de auriculares en los oídos y un reproductor de música en la mochila.
Ese invento crucial me generó un hábito necesario: caminar. No hay cantidad de cuadras que me asusten si cuento con el tiempo suficiente y te puedo unir Plaza San Martín con los fichines que sobreviven en Santa Fe y Serrano en cuestión de media hora, cuarenta minutos. Con los años, aprendí a desarrollar velocidad y con muy poca gente puedo desregular el ritmo porque siempre alguien me dice: ¿Ale, podés caminar más despacio?

Los viernes a la tarde, yo pasaba a buscar a Uma a la salida de su clase de natación, cuando iba al natatorio de El Salvador y Juan B. Justo. Era salir, pasar por el kiosko a comprar el jugo y el alfajor correspondiente y caminar, los dos, hasta casa, nuestra casa anterior, en Vera y Darwin. Bien contadas en el google map , son once cuadras. Yo no regulo mi velocidad, no soy consciente de lo rápido que puedo caminar. Necesito que me detengan, que me den el alerta para que yo pueda, avisado, bajar la marcha. Uma nunca lo hizo. Y en uno de esos regresos, me descubrí caminando en quinta con una nena que me sostenía el tranco mientras llevaba, despreocupadamente, algo de comer en una mano y un juguito de cartón en la otra. Lo vi de golpe, como quien asiste a un hecho inesperado que sin embargo se deja comprobar: un papá de 40 años yendo a los pedos y su hija de seis copiándole el paso sin perturbarse.
–¿Dónde aprendiste a caminar así de rápido, cachorra?
Le pregunté, mientras dejábamos Palermo para ingresar en Villa Crespo.
–No sé, se hizo solo.
Me contestó.

Hay dos personas en este mundo que me llevan en la sangre, a las que llevo en la sangre yo. No sé si eso quiere decir algo porque la sangre, finalmente, es un atavismo cultural: de Shakespeare a las novelas de Televisa, la sangre filial no es más que una opción para mejorar los relatos, hacer de los cuentitos, cuentitos mejores aunque no necesariamente más reales.

La chica aquella de las casas en Fisherton, que tenía 20 años cuando me dejó ir, hoy andará por los sesenta, es altamente probable que esté viva, llevando la sangre que yo llevo por donde la vida la haya llevado a ella y sin embargo ya ven, no es la sangre lo que ha determinado nuestras historias mutuas. Tal vez, mirando bien el asunto, haya que convenir que adoptados somos todos porque no hay paternidad para quien no se adopte padre, por ejemplo, por más ADN común que haya desparramado en el medio.

Por otro lado no voy a negar el hecho combustible, el fogonazo asombroso que me interviene críticamente cuando quedo frente a la manifestación familiar de la biología. Trinidad, la hija mayor de mi actual esposa, tiene los ojos grandes de un animé en estado de expectación que le fueron transferidos por su padre que le fueron transferidos por su abuela. Es verlos a los tres y ponerse a aplaudir. Y yo, que nunca tuve a nadie en quién reconocerme, ahora tengo un hijo que me replica no los ojos sino la mirada, y una hija con la que caminamos maravillosamente, cuando caminamos juntos.